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Violencia y medios: Distorsiones y Adicción

Viernes, Mayo 21st, 2010

Eva Aladro Vico

Profesora Máster en Comunicación Periodística, Institucional y Empresarial

La relación entre medios de comunicación y violencia es una relación muy larga en el tiempo. Los medios de comunicación de masas, herederos de la prensa popular y de los buhoneros y voceros medievales, usaron siempre, para atraer la atención, de las representaciones de hechos violentos, truculentos o morbosos, como recurso barato y de efectividad inmediata.

La violencia en las historias relatadas o retratadas por los medios está directamente relacionada con el realismo y con la capacidad de reflejar la realidad tal cual es, por parte de los medios de comunicación. Desgraciadamente el ser humano asocia la violencia y el crimen con lo innegable, con lo insoslayable, con la muerte, y de ahí, con la realidad última, la materialidad de nuestra existencia. La representación de la muerte y la violencia se convierte en el sello de los informadores, como mensaje de lo real, de lo que no se puede negar ni evitar.

Las primeras formas de sensacionalismo recurrieron en seguida, además de a la intromisión en la intimidad o el cotilleo inmoral, a la violencia en la representación informativa. Los medios descubren, a comienzos del siglo XX, que para atraer la atención de los lectores de periódicos es necesario recurrir a la foto del crimen o a la entrevista con el criminal. Hay ejemplos en todos los países de cómo los casos más tenebrosos de violencia son usados para atraer interés, pero sobre todo también, para distraer ese interés de otros temas importantes y polémicos, y así, desde el sensacionalismo de Randolph Hearst, para azuzar la venta de su diario, hasta el seguimiento exhaustivo de la crónica de sucesos en la dictadura franquista, son ejemplos de cómo la presentación de la violencia es rentable periodística y políticamente en esas situaciones.

Si nos acercamos en el tiempo, veremos que con la llegada de los medios audiovisuales la competencia por captar la atención es cada vez mayor, y cuanto más crudas y violentas las informaciones, más realistas y cercanas parecen ser. Así los nuevos medios empiezan a mostrar sus posibilidades en la captación y representación de la violencia en una carrera que continúa en la actualidad. Si los medios más arcaicos, como la prensa, los semanarios y la radio, son los más acostumbrados a estos contenidos, los nuevos medios como la televisión, el cine y el vídeo, y los últimos sistemas como los móviles o las cámaras digitales, descubren su capacidad, no solamente de representar la violencia, sino de provocarla o producirla con su acción. Esta carrera, desgraciadamente, hacia la violencia, tiene unos efectos sociales enormes que vamos a describir.

DOS TIPOS DE VIOLENCIA EN MEDIOS: ACTIVA Y PASIVA

Podríamos distinguir dos tipos de violencia mediática: la violencia pasiva, por decir así, en la que los medios se limitan a presentar la violencia existente y beneficiarse de sus efectos, y la violencia activa, en la que son los medios los que provocan la violencia, la ejercen o la fabrican en sus estudios y eventos mediáticos, de modo que redoblan su peso y sus efectos.

En los dos casos, los medios que muestran o ejercen violencia utilizan con ella su poder, su legitimación por ese poder ejercido. Se trata de un modo de imponer su presencia que es también un arma de doble filo, pues los profesionales violentos o que juegan con la violencia adquieren gran atención, pero también pierden credibilidad y prestigio social en su función.

Este segundo tipo de violencia activa incluye no solamente la violencia física, sino también la violencia psicológica. El asalto o la intimidación de los informadores a los particulares, es una forma de esta violencia. Incluye la violación de la intimidad y la ruptura de los códigos de cortesía y respeto a la persona. Incluye la provocación y confabulación para producir violencia, por ejemplo a través de la elección del tema de un debate o de los contertulios de un programa. La violencia representada se acompaña de la violencia en el modo mismo de representar.

Así nos encontramos con fenómenos como la realización de programas en los que se reúnen a una serie de caracteres conflictivos para ver cómo chocan entre sí, bajo la idea de que lo que se ofrece es la realidad de las relaciones humanas, o esos otros programas en los que se ofrece como habitual y natural conductas violentas como el insulto, la difamación o el linchamiento de víctimas.

La fabricación activa de violencia en los medios ha llegado al máximo en el género de ficción cinematográfica en el que las “snuff movies” presentan muertes reales producidas para ser filmadas, o en las grabaciones de muertes o palizas a mendigos hechas por particulares a través de móviles con cámaras para ser colgadas en Internet.

En el caso de la violencia producida por agentes externos a los medios, al comprobar este fenómeno de la escalada de violencia en los medios, la propia mente criminal se ha especializado en representaciones violentas e impactantes, y así tenemos el tremendo hecho de que los terroristas se inspiren en el cine o que realicen sus atentados y ejecuciones expresamente para ser emitidos en los medios, vistos los ejemplos que los propios medios ofrecen.

Éste ya puede considerarse un efecto terrible de la violencia creada por los medios. Si éstos no hubieran inventado el reality show o las filmaciones en directo de ejecuciones autorizadas, las ejecuciones filmadas ante los medios no se hubieran producido. Si no hubiera existido el cine de catástrofes, muchas catástrofes reales no se hubieran dado. (El mismo 11-S se inspiró en un filme de ficción basado en un relato de Stephen King).

El contagio y la imitación de la violencia, y sobre todo, la imitación de una comunicación violenta, se extienden por todas partes, recordemos el reciente caso de los escolares del Colegio Suizo de Madrid, filmando su propio acoso a un compañero.

EFECTOS CLAVE DE LA VIOLENCIA EN MEDIOS: ESCALADA, DISTORSIÓN Y ADICCIÓN

La imitación y el contagio son tremendamente graves. Pero aún lo es más la dinámica exponencial que la violencia en la comunicación impone, y que ahora vamos a explicar.

El uso de la violencia en los medios de comunicación siempre fue un recurso de atracción de interés. Su efectividad se basa en el impacto sobre la sensibilidad, que produce una atención alarmada sobre algo. El problema es que los medios, al recurrir a este sistema, necesitan impactar la sensibilidad cada vez más para producir el mismo interés o atención. Así, hoy nos parecen inocentes las fotografías de crímenes mafiosos de principios de siglo, o los relatos truculentos de “EL Caso” en los años 50. Para impactar la sensibilidad, hoy los medios tienen que ofrecer algo realmente violento y perverso.

Se trata de una huida hacia delante, que como hemos visto, debe ofrecer siempre más violencia en imágenes o relatos para producir el mismo efecto, igual que en una adicción a una sustancia como una droga o un calmante, se necesita subir la dosis para producir efecto constante. Los medios comenzaron a producir y fabricar violencia para poder impactar más la sensibilidad, y así llegaron a las aberraciones de las que hemos hablado antes.

Hay una perversión en el derecho que los medios tienen a representar y a exponer la violencia o la muerte. Se llega a diseccionar esos fenómenos en todos sus componentes, a hacerlos interactuar en directo, a repercutirlos de mil maneras, fragmentándolos, poniéndolos a cámara lenta, mostrando sus lados menos vistos y más secretos, en una especie de obscenidad de la mirada. Así, un rasgo común une los programas médicos que nos muestran operaciones de cirugía en directo o cadáveres desnudos de las guerras en los periódicos, y es la violencia en el trato de enfermedad o muerte, es decir un grado de violencia que une la indefensión y la debilidad con el poder de intromisión de los medios.

Ciertamente no hemos visto lo peor en esa carrera. Podemos esperar cualquier cosa por parte de los medios, y últimamente, en la interacción entre medios, particulares, terroristas o criminales de todo tipo.

Un efecto temible de este proceso es lo que se llama la normalización de la violencia en nuestra sociedad. Dado que vivimos un bombardeo constante de violencia activa y pasiva, psicológica y física, para los espectadores la violencia es algo natural y cotidiano. Las mismas series de ficción han convertido los guiones en guiones violentos sistemáticamente, y las relaciones de pareja, de familia, o primarias de cualquier tipo, siempre vienen teñidas de violencia.

Este efecto se conoce desde hace décadas. Incluso se sabe que un visionado constante de violencia, sea real o ficticia, conduce a una percepción muy negativa del entorno que vivimos, exagerando el aspecto violento y desaprensivo de la sociedad, y creando miedo, lo cual redunda también en reacciones agresivas, aunque sólo sean ideológicas, contra ese mundo distorsionado por la violencia mediática.

La misma información acerca de la violencia de pareja, normaliza las cifras de muertes como si se tratara de las muertes por accidentes de tráfico, también normalizadas. Se consideran los sucesos violentos como algo característico de la vida actual.

No se resalta en los medios suficientemente el hecho de que la violencia no solamente no es algo consustancial a la vida o natural, sino que se puede evitar y se puede vivir sin violencia. Hemos llegado a un punto, tal y como se representan las relaciones en las series de ficción, y tal y como se informa de la violencia real en las familias, en que se considera o se trata la violencia como algo normal. Es completamente anómalo el pensamiento de que la no-violencia es posible (…)

Lea el artículo completo en

http://www.lajarda.com/ealadro/material_para_descargar/violencia_y_distorsion.pdf

Periodismo de refrito y composición

Martes, Mayo 4th, 2010

Internet ha cambiado la relación de los lectores con el diario: son muy sensibles a los plagios y consideran sospechosos los textos elaborados a partir de otros artículos

EL PAIS, ESPAÑA/ MILAGROS PÉREZ OLIVA 02/05/2010

Internet no sólo está cambiando los tiempos y los modos del periodismo. Está cambiando la forma de trabajar de los periodistas y hasta la relación que los lectores tienen con el diario. Desde que las redacciones se han convertido en una fuente permanente de noticias en la edición digital, la presión de la competencia se ha exacerbado y sus consecuencias van más allá del perímetro redaccional. Internet ha cambiado los parámetros de valoración de las noticias. Lo próximo ya no es un valor tan importante y lo importante ha pasado a ser algo muy relativo, que puede ser fácilmente desplazado por lo impactante. El contexto es lo que importa, y ese contexto cambia constantemente. La noticia puede saltar en cualquier comento y en cualquier lugar del mundo, de modo que todos observan a todos y no hay exclusiva que dure más de diez minutos, el tiempo que tarda en ser reproducida.

Pero Internet también está cambiando a los lectores. Son más susceptibles y su escrutinio tiende ahora a ser más severo, entre otras cosas porque la Red les proporciona herramientas de comparación que antes no tenían. Ahora pueden examinar, indagar y comprobar fácilmente el trabajo de los periodistas. Y sacar sus propias conclusiones. Alberto Galarón me escribía el martes en tono conminatorio: “En todas las ediciones digitales es noticia que un joven antifascista le ha pegado una paliza a otro joven, del que dice que es un fascista, y le ha pegado precisamente por esa razón. Existe hasta un vídeo grabado. Pero para su periódico, esa noticia no existe. Me siento estafado”. Se refería a una agresión grabada en el metro de Madrid. El lector concluía que no habíamos dado esa noticia porque el agresor era un joven antifascista. “¿Cuántas noticias me han ocultado estos años sin Internet porque no encajaban en su visión de las cosas?”, preguntaba.

El lector se equivocaba. No había razones ideológicas. EL PAÍS podía haber incluido el vídeo en su web al mismo tiempo que todos los demás. Lo distribuía la agencia Europa Press por 300 euros. Pero la redacción tuvo un interesante debate al respecto: ¿era realmente noticia o sólo era noticia porque existía la grabación? ¿Era importante o sólo impactante? ¿Era puro morbo o había una historia interesante que contar a los lectores?

“Con la información que nosotros habíamos podido contrastar, no estaba claro que la agresión respondiera a una motivación política, de modo que decidimos no dar el vídeo y seguir trabajando la información”, explica Borja Echevarría, subdirector al cargo de la edición digital.

En estos casos siempre es más arriesgado esperar. Lo fácil hubiera sido no hacerse preguntas y colgarlo porque en ese momento el vídeo operaba ya como un poderoso anzuelo en las ediciones digitales de la competencia. Era uno de esos temas impactantes capaces de generar mucho tráfico. Los lectores han de saber que ese tráfico se contabiliza luego en los registros de audiencia y que de esos registros depende el flujo de publicidad y sus tarifas. El rigor exigía, sin embargo, esperar. Finalmente, había una pequeña historia que explicar, y era triste: la de dos jóvenes de ideología contrapuesta que quedan para zurrarse. El vídeo se colgó, pero es un buen ejemplo de cómo la competencia no sólo presiona sobre los periodistas, sino que influye también en los lectores. Ellos también navegan por Internet, de modo que pueden comparar y hasta rastrear en los antecedentes de nuestro trabajo.Recibo con cierta frecuencia cartas de lectores sobre artículos o reportajes que consideran un flagrante plagio de otros publicados con anterioridad en otros medios, generalmente extranjeros. Examinados los casos, no he encontrado plagio, y así se lo he hecho saber, pero la insistencia en este tipo de quejas me ha llevado a observar con un poco más de detenimiento esta cuestión. Y lo que he encontrado es algo que parece molestar a los lectores tanto como el plagio, aunque no lo sea: lo que podríamos llamar periodismo de refrito y composición. Son artículos “tan inspirados” en otros, que parecen copiados.

He de decirles que este periodismo no se ejerce con la complacencia de sus autores. Al contrario, ellos son muchas veces las primeras víctimas de una presión a la que no pueden sustraerse fácilmente porque la mayoría de los aludidos son colaboradores. Les cuento el último caso. El correo que me envió demostraba que Rodrigo Calvo de Nó había hecho una investigación exhaustiva. Había encontrado primero “semejanzas flagrantes” en un artículo titulado “Michael Caine, conservador; J. K.Rowling, laborista”, en el que se explicaban las preferencias políticas de los famosos británicos. “Al leerlo me ha resultado extrañamente familiar. Se debe a que un artículo muy semejante figura en el sitio web de la BBC desde hace seis días”. He examinado los dos artículos, y efectivamente hay coincidencias, pero no más de las que podríamos encontrar con otras noticias publicadas en otros medios sobre el mismo tema. La autora asegura que no ha copiado. De hecho, no lo necesitaba. Ella sigue regularmente a estos personajes, los conoce bien y ha publicado incluso entrevistas a algunos de ellos.

El mismo lector señala otra coincidencia. Se trata de un artículo titulado La inteligencia es el nuevo negro y el lector observa sospechosas coincidencias con otro publicado antes en el diario Times con el título Why brainy is suddenly chic. Ambos se refieren a un nuevo centro, The School of Life, abierto en Bloomsbury (Londres) para ayudar a afrontar los malestares de la vida. En este caso, aunque muy diferente, el texto sí estuvo “inspirado” en el artículo del Times y constituye un ejemplo de periodismo realizado bajo presión. El encargo se hizo, según su autora, un viernes, cuando la escuela estaba ya cerrada, y debía publicarse el fin de semana, de modo que la pieza tuvo que elaborarse a partir de lo ya publicado y de la información que figuraba en la página web del centro.

En casos como este, mi consejo es claro: aun cuando el redactado sea diferente y se haya aportado material nuevo, si el tema se inspira en otro artículo y utiliza elementos del mismo, hay que citarlo. No es ningún deshonor. Mucho peor es la sospecha de plagio. Los lectores consideran que tienen un contrato con el diario y esperan no sólo noticias veraces y honestas; muchos esperan también textos originales y de elaboración propia.

Incluso los lectores que acceden gratuitamente al diario a través de su edición digital se consideran vinculados por este contrato implícito. Remei Capdevila, por ejemplo, me escribió en octubre desde Nueva York para advertirme de que últimamente había observado “un incremento en las noticias que aparecen publicadas en EL PAÍS uno o dos días después de que se hayan publicado en The New York Times” y con contenidos sospechosamente parecidos. Citaba tres ejemplos: un artículo sobre el proyecto del arquitecto Rafael Moneo para la Universidad de Columbia, una noticia sobre los 10 alimentos que más intoxicaciones causan en Estados Unidos, y un tema sobre los gustos musicales de Obama. En el caso de la noticia sobre Moneo, la autora citaba al diario neoyorquino y añadía incluso unas declaraciones del propio arquitecto obtenidas por teléfono. No había plagio, pero a la lectora se lo había parecido.

La mayoría de los colaboradores aludidos tienen un largo historial de artículos y reportajes concienzudamente trabajados a pie de obra, con fuentes propias y enfoques personales. Un denominador común en muchos de estos casos es, sin embargo, que se trata de encargos hechos bajo la presión de la urgencia, encargos a unos colaboradores que difícilmente pueden rechazar, porque no quieren poner en riesgo la relación que tienen con el diario y porque dependen de esa fuente de ingresos, siempre precaria y ahora, con la crisis, mucho más.

Internet ha facilitado algunas cosas, pero ha complicado otras. La nueva dinámica facilita el periodismo de composición. Podríamos decir incluso que lo incentiva. Pero es responsabilidad de los jefes de la redacción cultivarlo o no. Estos ejemplos dan una idea de lo exigentes que son nuestros lectores. Quiero decirles que tratar un tema después de que lo haya hecho otro medio no es necesariamente copiar, y que sólo han de sospechar de aquellos textos en los que no se citen correctamente las fuentes. Pero la lección que extraer de estas quejas es clara: hemos de evitar el periodismo de refrito, tener mucho cuidado con el de composición y en todo caso, ser exquisitamente respetuosos con el trabajo de los demás, citando aquellos artículos cuyo contenido nos parezca interesante reproducir.

Seis de cada diez ciudadanos, con una imagen regular o mala de los informadores

Lunes, Enero 4th, 2010

Marta Castillo | Málaga – El Mundo, 26 de diciembre del 2009

La imagen social del periodista empeoró en el  2009 con respecto al pasado año. Así lo refleja el Informe de la Profesión Periodística, editado por la Asociación de la Prensa de Madrid y dirigido por el profesor de la Universidad de Málaga  Pedro Farias.

Según el estudio, se ha producido un empeoramiento de la imagen que los ciudadanos perciben del profesional de los medios, ya que cerca del 60% tiene una imagen regular, mala o muy mala de los informadores, mientras que el pasado 2008 este dato se cifraba en un 52,5%.

Para el 39,3% de los encuestados la imagen es buena o muy buena, dato que en 2008 se cifraba en un 44,2%. El pasado 2008, el porcentaje de encuestados que opinaban negativamente de los periodistas era del 8,7%, mientras que este año esta cifra se sitúa en un 10,7%.

Entre los rasgos de la profesión más detestados por la opinión pública destaca la vulneración de la intimidad practicada por muchos periodistas del corazón, seguida de la falta de objetividad y la manipulación, así como de la politización y el partidismo de determinadas informaciones. El excesivo sensacionalismo de determinados espacios y el interés por asuntos de escaso interés para la audiencia son otros de los rasgos que menos gustan a los ciudadanos.

El paro y la precariedad laboral han sido los principales problemas a los que se han enfrentado los periodistas este 2009, desplazando por un amplio margen al intrusismo.

El estudio también revela que el 57,4% de los profesionales reconoce sufrir presiones en su trabajo diario, la mayoría procedentes de su empresa, institución o jefe inmediato. En la encuesta realizada a 23 directores de medios de comunicación nacionales, todos reconocieron que la actual situación de crisis ha reducido la independencia de los medios frente a las fuentes de financiación.

Entre las opciones que mejorarían la calidad de sus informaciones, los directores se decantan por el reciclaje de los profesionales de su redacción como principal opción, seguida de la contratación de más personal y de la renovación de las plantillas con redactores más jóvenes.

Este año también se ha producido un incremento en la percepción del grado de politización que los usuarios advierten en los medios. En una escala del uno al diez, el 55,4% de los encuestados otorgan una nota de entre 6 y 8, situando el promedio global en 7,5, lo cual equivale a una politización media-alta. Los ciudadanos consideran que son los propios periodistas quienes contribuyen a acentuar el clima de crispación política, según afirma el 76,5% de los encuestados.

La credibilidad de las informaciones que aparecen en los medios se sitúa en un 6,1 sobre diez, siendo la televisión el medio de mayor credibilidad, seguido de la prensa y la radio.

“El panorama para los periodistas no va a mejorar a corto plazo, pero esta crisis servirá para sanear el sistema de medios, porque en la última época había demasiados medios de comunicación que no estaban cumpliendo con su función social”, señala Pedro Farias.

La regulación de las condiciones profesionales del periodista se plantea como una de las posibles soluciones a la mala situación, ya que según el director del informe “la creación de un estatuto del periodista, la figura de los colegios profesionales y la obligada colegiación para el ejercicio son factores que ayudarían a garantizar la independencia del periodista”.

© Mundinteractivos,S.A.

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