CONTRA EL ANONIMATO

En: Comunicación Política

12 Ago 2012

Dos hechos contradictorios: La popularidad fácil y el anonimato

Entre los muchos hechos que nos sorprenden por lo contradictorios que resultan, hay dos que cada vez están acentuándose más en España y en otros países europeos, en Norteamérica y en los países hispanoamericanos. Más que en modas, se están convirtiendo en mitos. Y creo que van a convertirse en grandes asuntos de Comunicación Política. Por una parte, los responsables de los medios de comunicación, sobre todo los televisivos, están promoviendo la popularidad fácil e instantánea de algunos personajes que no tiene cualidades algunas que admirar. No importan los medios para hacer populares a personajes insustanciales. Lo importante es que esa popularidad de usar y tirar sube las audiencias. El cine ya ha producido varias películas, muy buenas, sobre el sensacionalismo. Sin embargo, en Comunicación Política el sensacionalismo está cuando cada vez más controversia. Lo cual es muy bueno, porque ¿desde cuándo hay que dar ciertos hechos como inevitables?. Un hecho es el entrecruzamiento de varias teorías.

Los internautas han derrumbado el anonimato en la Banca

Ahora bien, hay sectores de la sociedad, muy importantes, en los que los responsables del poder se valen del anonimato para repartir presupuestos, reconocer trayectorias académicas, y manejar miles de millones de los contribuyentes. Los mayores escándalos han provenido de los Bancos, pero los internautas han logrado poner cara y nombres a los que han tomado decisiones muy perjudiciales para los impositores y se han preparado una salida de oro, con escandalosas prebendas. Nunca agradeceremos lo suficiente a los internautas dinámicos el gran favor que han hecho a la sociedad española y a la comunicación empresarial.

El anonimato como poder oculto en el mundo académico

Sin embargo, es en el mundo académico donde el anonimato ha adquirido una gran fuerza, y no está garantizado que sea para bien.

Como me voy a ocupar ampliamente de este asunto y de otros en los próximos meses, me voy a limitar a poner un primer ejemplo personal.

Dos profesoras presentan un artículo a una Revista española. Quieren replicar la metodología que empleó un profesor español para estudiar los debates presidenciales de México (2006) y que publicó la Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de México, una de las de mayor prestigio de toda la nación. Las dos profesoras reciben dos dictámenes desfavorables de dos “jueces” anónimos. Pues bien, después de leer esos dictámenes, considero que los “jueces” anónimos dejan tanto, tanto que desear en cuanto a sus conocimientos, que escribo al coordinador de la Revista diciéndole que no tengo inconveniente en escribir una crítica de los dos dictámenes a condición de que haga llegar esa crítica a los autores de los dictámenes. No recibo respuesta. Y no recibir respuesta es un estímulo que nunca me ha fallado: El silencio oculta algo importante. O sea, que dos “jueces” de una Revista española tumban un artículo que, casi con total seguridad, lo habría publicado una Revista mexicana de mucho más prestigio. En consecuencia, cuando llegue Septiembre, voy a publicar dos entradas amplias en La Voz Libre, un diario digital español de gran difusión, y en lugar de enterarse el coordinador del número de la Revista, el Director de la misma y los dos “jueces anónimos”, pueden llegar a conocer el asunto miles y miles de personas. Personalmente, me parece muy beneficioso ir creando opinión pública contra el anonimato.

Diferencia entre jueces y “jueces”. El asunto de la enemistad oculta.

Habrán notado que entrecomillo irónicamente la palabra “jueces”. Efectivamente, en un juicio, cuando un Tribunal hace pública la sentencia, hay un ponente de la misma, es decir, el que se ha responsabilizado con su nombre y apellidos de la redacción de la sentencia. Y también hay votos particulares. Es decir, jueces o fiscales que se oponen a la misma. Esto no ocurre en las Revistas… hasta hoy. Para que tengamos garantías de dictámenes objetivos, los “jueces” han de demostrar competencia. Si no la muestran, si no sabemos, además, quiénes son, no podemos aceptar su categoría. Por eso, no me voy a cansar de proponer que los “jueces” de los artículos de Revistas puedan renunciar a su anonimato y hagan pública su identidad. Porque quizá podemos encontrarnos con demasiados casos en los que el Rey no va vestido, como en el célebre cuento de Hans Christian Andersen.

Hay otros casos en los que el anonimato puede causar grandes perjuicios a los profesores que aspiran a que se les acredite en determinadas modalidades o que solicitan un sexenio. En este caso, el dictamen está firmado por una persona que es Presidente de una Comisión, pero que en muchos casos no es quien ha preparado el documento de rechazo.

Un aspecto muy importante es que el anonimato no constituye garantía alguna de defensa contra la enemistad personal de los “jueces”. Hay una gran asimetría entre éstos y los juzgados. Los “jueces” conocen o pueden conocer la identidad de los juzgados. Éstos no pueden conocer a quienes juzgan sus méritos. Y si el juzgado considera como autoridad intelectual a una persona que cuenta con el rechazo del “juez” anónimo, ¿quién garantiza que el “juez” no va a enfocar todas sus justificaciones para hundir al juzgado?

Hay situaciones que no pueden durar, porque los perjudicados acaban enterándose de las injusticias y se juntan y forman una masa crítica contra las injusticias.

De estos asuntos me ocuparé en este Blog y en La Voz Libre.

Máster Comunicación Política

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Acerca de este Blog

Felicísimo Valbuena de la Fuente es Licenciado y Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es Catedrático en la Facultad de Ciencias de la Información.

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